| ¿Sobrevives? | ||||||||||
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| Traducciones | ||
| Original en gallego:
¿Sobrevives?
(Edicións Xerais, Vigo, 1996) Catalán: Sobrevius? (Editorial Cruïlla, Barcelona, 1999) |
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| Sinopsis | ||
| ¿Sobrevives? narra la estremecedora historia de Moni, Francisco Sánchez Loiro, un chico de diecisiete años que cursa dificultosamente sus estudios de formación profesional. Su reiterada mala conducta, sus amistades sorprendentes, su obsesión por la caza y por sus perros podencos, su resentimiento oculto y sus absurdas reacciones, unidas a la vivacidad inquietante de sus enormes ojos, no dejan de asombrar continuamente al profesorado y a sus compañeros. Moni es una permanente mancha negra que se resiste a desaparecer. | ||
| Entrevista a la autora (Navidad 1996 - Mateo Iglesias) | ||
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Después de la obtención del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por O misterio dos fillos de Lúa, ¿cómo encaras tu futuro como creadora? ¿Qué supuso para ti obtener tan importante reconocimiento? Está todo tan reciente que no soy capaz de analizar de una manera aséptica mi futuro como creadora. Este Premio Nacional me está produciendo sensaciones muy diferentes, incluso contradictorias. Me molesta, pongo por caso, que se me recuerde la "responsabilidad" que conlleva. ¡Como si yo no lo supiese! Quiero pensar que ya era responsable antes (por eso me lo darían, por lo que hice hasta agora). Supongo que mi futuro creador no tiene por qué variar mucho en lo esencial; tendré que seguir aprendiendo e intentar hacerlo cada vez mejor. Lo que no puedo es echarme lastres encima y escribir agarrotada, sin libertad. Me aterra pensar que mis opiniones puedan tener ahora más eco. Yo sigo siendo la misma que antes del día 4 de noviembre y no quisiera que las sobrevalorasen. Aunque admito que voy evolucionando, no lo hago tan de prisa. A lo que no estoy dispuesta (cuando menos, de momento) es a crear una imagen de "sabia excéntrica" a la que tenga que seguir esclava de por vida. ¡Ni por la mercadotecnia! Este premio me da un poquito más de seguridad en mis propias dudas, y sé que no lo puedo tomar como una meta, quiero mantenerme en el camino de ida, y creer que aun tengo algo que decir. Es una puerta que debo mantenerr abierta. ¿Crees que hay diferencias entre los lectores más pequeños y los adolescentes? Se dice que los dichos condensan toda la sabiduría del pueblo. Voy a utilizar uno: "Quien busca, siempre encuentra". ¡Claro que encuentro diferencias entre los lectores más pequeños y los adolescentes! Pero es que también las encuentro entre lectores de la misma edad. No a todas las personas de una edad, de cualquiera, le gustan las mismas cosas. Es evidente que en ese ejemplo concreto las diferencias son más estandarizadas, por obvias; tan evidentes como las diferencias físicas y biológicas. La infancia es una etapa de "porqués" en la que valen nuestras respuestas. En la adolescencia se afianzan su propio criterio, se hacen las preguntas pero no les valen nuestras respuestas. Luego existen, creo, otras diferencias de amplitud en los textos, de dificultad en la interpretación de los mismos, un vocabulario más amplio, nuevas experiencias... que van asumiendo no sólo con el paso de los años sinó con la mayor información cultural. Bien sabemos que hay personas adultas que, por circunstancias que no vienen a cuento, no pasan de textos muy simples, y jóvenes capaces de interpretar historias muy complicadas. Las personas "adultas" siempre podrán disfrutar de las "historias de los pequeños". Se sorprenderían de la profundidad con que están tratados muchos temas en libros "infantiles" lo mismo que, a veces nos sorprenden de la simpleza (peyorativa, si) de ciertos libros para adultos. En ¿Sobrevives? el protagonista vive a caballo entre un mundo urbano que lo rechaza y en el que vive dolorosamente y un mundo rural que lo acoje casi amorosamente. Un contrapunto muy eficaz y, sin duda, sorprendente para los lectores. ¿En qué medida crees que esta situación es representativa para la juventud gallega de hoy? Si..., aunque lo interpreto más como un alejamiento del protagonista de todo lo que le desvía de la naturaleza y de sus leyes. Reniega de lo que se le antoja arbitrario y absurdo. De los formulismos que no responden a ninguna sensibilidad. No todo lo que encuentra en el medio rural lo acoge en su remolino interior. De hecho, es en sus podencos en quien confía casi en exclusiva y pone esperanzas en el futuro. Yo, cuando trato un tema clasificado de "realista y actual", me baso mucho en las vibraciones que me llegan de mi interior. Suele ser "algo concreto" lo que hace germinar la historia. Una luz que prende de una posible insignificancia, pero que me ilumina y me conmueve, cargándome de vitalidad. Quiero decir que no busqué prototipos que fuesen representativos de ningún grupo; lo que ocurre es que cuando tenemos que hablar de algo que ya hemos escrito, en ocasiones, nos sorprendemos a nosotros mismos justificando actitudes de los personajes, en las que ni habíamos reparado en el momento en que surgía la historia y nos sentíamos dentro de ella. Tampoco es imprescindible que se hayan de identificar con el protagonista ¿no? No creo en fórmulas mágicas absolutas. En el momento en que la escribí pretendía únicamente deambular por una situación simulada pero creíble, en la que debería de ir sorteando obstáculos, mostrando dudas que, a veces, parten de las propias. Cada vez me siento menos dogmática. ¿Qué pretendiste con esta última novela? Aunque cuando la escribí intenté liberarme de ataduras, con esta novela espero lo mismo que con las anteriores, que el "lectorado" disfrute, y si le hace crecer el alma, mejor. Cuando menos que no le indigeste. No oso dar soluciones, más bien todo lo contrario. Es una novela incómoda que puede provocar reacciones encontradas, por la franqueza del protagonista al narrar "hechos" que suelen formar parte de esa autocensura oculta que autores y autoras llevamos dentro con más o menos secreto. No es en absoluto una novela light, más bien es dura... Ni siquiera sé quien ha de reflexionar más al leerla, si los adolescentes o los adultos. |
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| Fragmento de la obra | ||
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(...) En cuanto a lo de mamá, yo también
fui consciente, ¿qué se ha creído ésta?. Todavía
me acuerdo del día que volví a la escuela, el de mates me
miró la libreta y me puso a parir porque no tenía hechos
los deberes.
-Es que estos días he faltado a clase. -¿Has estado enfermo? -No. No tenia ganas de darle explicaciones. Lo que quería era olvidar el ambiente raro en el que acababa de vivir. No deseaba dar sensación de debilidad, de pena, pero el muy cabrón se puso como un loco. -Faltas a clase cuando te da la gana, no haces los deberes, pasas de todo como un desvergonzado y ni siquiera te dignas inventar una disculpa. Y mientras el tío despotricaba yo me fui poniendo furioso, hinchándome de rabia como un globo al que le introducen oxigeno sin control. Y exploté: -¡Se ha muerto mi madre! No sé qué cara puse. El tío se quedó tieso como una columna. Luego murmuró algo por lo bajo de que allí no se informaba de nada y siguió dando la clase como siempre. Creo que fue a raíz de eso cuando empecé a preguntarme por qué estamos aquí y adónde vamos. Supongo que todo dios empieza a hacerse preguntas a raíz de algo, a una cierta edad. (...) Sabía que se iba a morir. Yo tenía alguna información sobre el cáncer. Por lo menos sabía que era algo a lo que había que tenerle miedo, y sabía que mamá tenía esa mierda. Lo supe sin que nadie me lo dijera. Era suficiente con escuchar a los demás. Y yo siempre he tenido buen oído. Un día mi padre me lo dijo sin rodeos. Vino a mi habitación y me lo soltó. Fue como clavar una aguja en un sitio donde tienes un callo duro y no te duele ni te afecta porque no te sorprende, o eso era lo que yo creía. -Mamá tiene cáncer y se va a morir. No sé si le quedan meses u horas, pero se muere. ¡Hostia! Se me subieron las tripas a la garganta. Aunque ya lo sabía, sabía que le habían quitado un pecho y eso, pero tenía esperanza. Pensaba que como la habían operado, se podría curar. Incluso estaba convencido de que las tetas que ponían eran algo así como el transplante de riñón, que eran de verdad. Puede salvarse, puede salvarse. Pero después de hablar con mi padre comprendí que no había nada que hacer, que todo se iba a ir al carajo. No lloré. Mariángeles sí. Mariángeles lloraba entonces por cualquier cosa, yo no. Después nos dijo que teníamos que ser fuertes y tal. Yo al principio me quedé muy afectado, pero después seguí alegre como siempre. El día en que se murió hice un poco el tonto. Vino la tía a mi habitación y yo pensé qué hacía allí a aquella hora si no vivía con nosotros. -Venga, levántate que te vas a Pontevedra. Comprendí lo que pasaba y me dije, vaya carajo, ya está. Escuchaba a la gente que hablaba en el pasillo. Era lunes, un día de clase normal, gris, con nubes feísimas que amenazaban tormenta. Yo gastaba bromas, como siempre. -Vale. ¿Y a qué vamos a Pontevedra? ¿Tú crees que está día de playa? -y hacía como que no había pasado nada. Lo único que me contestó mi tía fue: -Mariángeles y tú tenéis que ir a hablar con vuestro padre. -¡Hala, otra bronca! -le solté yo. De sobra sabía lo que me iba a decir. Por el pasillo, mientras pasaba entre la gente, me puse serio. Me controlé. Todo ese día estuve haciendo teatro. Pensaba: "A ver si hago teatro tan bien, tan bien, que convierto en mentira todo esto". Mi tía estaba tan seria que era facilísimo deducir la tragedia. Tengo como un flash de aquellos momentos. Mi padre nos llevó a los dos a la sala y cerró la puerta. -Ha llegado el momento. Mamá se ha muerto. Se echó a llorar y Mariángeles también. Yo quería mucho a mi madre, pero no f´ui capaz de soltar una lágrima, tío. Desde entonces creo que sólo he llorado el día aquel que me hicieron picar cebolla una hora entera. Quería llorar, de verdad que quería llorar, incluso hubiera quedado mejor, pero ni siquiera sabía lo que sentía. Me dio por reirme de todo. -¿Adónde quieres que te llevemos? -A casa del tío Joaquín. ¡Hostia!, pensé, ¡no será para siempre! Cuando íbamos en el coche creo que me resbaló por la mejilla una lágrima de cocodrilo de mala calidad. Estaba zombi perdido. Me decían cualquier cosa y yo no entendía nada ni les hacía caso. Me daba cuenta de que me hablaban, pero no los oía. -Fran, ¿cómo estás? -me quedaba mirándolos y no decía nada. Creo que no escogimos bien el sitio donde ir. Mi abuela siempre ha sido poco habladora; mejor hubiera sido que yo me hubiera ido con ella. A Mariángeles le gusta que le anden con cuentos, a mí no. ¿Qué tal estás? Parecían subnormales. ¿Cómo iba a estar? Jodidísimo. Al ver que no contestaba ni hacía caso, al fin me dejaron en paz. -¿Quieres irte a dormir? -Si -fue lo único que dije. Me metieron en una habitación. No sabía que hora era, si ya había pasado la hora de comer o no... Me quedé dormido enseguida, como si hubiera estado segando un prado de hierba. ¡Con lo que a mí me gusta! A media noche me desperté y pensé... ¡Yo qué sé! En los últimos días mi madre no había querido vernos... En una ocasión entré en su habitación y le leí uno de esos cuentos que hacíamos en la escuela. Ya estaba en fase terminal. A ella le daba la risa, pero le dolía todo el cuerpo. Al final, en vez de reir acabó llorando y me echó fuera. Me dijo vete porque no sé qué. Y yo me fui. Ella lo sabía todo. Estaba cansada de saberlo, por eso no nos quería ver. Hubiera sido mejor que no lo hubiera sabido. Uno de aquellos días se me ha quedado especialmente grabado. Con la quimioterapia se te cae todo el pelo y te quedas completamente calvo. Ella era muy presumida. ¡Hay que ver cómo nos traía vestidos! Parecía que siempre estábamos de fiesta. Como no tenía pelo, le habían comprado una peluca. Yo no lo sabía. La veía con pelo y suponía que era el suyo. Se lo notaba un poco raro, pero pensaba que había cambiando de peinado o que no tenía ganas de peinarse mejor. Un día al volver del colegio fui a dejar la cartera a mi habitación. La puerta de su dormitorio estaba habierta y vi la peluca encima de la cama y a ella acostada sin pelo. Parecía Mortadelo. Fue una visión momentánea, como si apagasen la luz. Volví atrás, miré de reojo y eché a correr hacia mi habitación pensando: "Esto no puede ser, no puede ser cierto, yo estoy alucinando" (...) © Fina Casalderrey, 1998 |
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