| Información biográfica | ||
|
Nació en Xeve (Pontevedra). Desde los diecinueve años, ejerce la profesión de maestra (en la actualidad de Secundaria). Fue a partir de entonces cuando empezó a sumergirse en las aguas de la creación literaria como autora y directora de varias piezas teatrales representadas por su alumnado, algunas recogidas en la publicación Recursos teatrais para a expresión dramática na escola publicada en Edicións Xerais. Una de sus inquietudes es la investigación etnográfica. Dirigiendo a sus alumnos y alumnas participó en concursos promovidos por la Xunta de Galicia, el Museo de Pontevedra... (trabajos galardonados con diferentes premios). Con Mariano García, publicó: O libro da empanada, Festas gastronómicas de Galicia e Repostería en Galicia, todos ellos libros de investigación. Colabora en prensa y revistas especializadas, así como en diversos eventos literarios (congresos, jurados, pregones, charlas-coloquio, mesas redondas...), desarrollando conferencias relacionadas con la LIJ y la Gastronomía... En el año 1991 se dio a conocer en el mundo de las publicaciones con la novela juvenil Mutacións xenéticas. En el año 1996 le fue concedido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con la novela O misterio dos fillos de Lúa. Su obra está traducida al castellano, catalán, euskera, valenciano, asturiano, aragonés, portugués, brasileño, coreano, italiano, bretón, francés e inglés. |
||
| Notas autobiográficas | ||||
|
¡Un texto autobiográfico! Es una pena que tenga que ser yo quien lo escriba. Si le hubiesen dado la oportunidad a mis padres (ya no tengo abuelos) expondrían cualidades extraordinarias sobre mi persona y méritos increíbles sobre mi trabajo. Yo... ¿qué puedo decir? No soy una belleza de pasarela, no nací en un palacio y, de niña, ni tan siquiera teníamos biblioteca en el barrio (¡imaginad en el colegio o en casa!). No pasé hambre de chicharros ni de cariño, incluso añadiría que ni de historias; me las contaba mi padre y la radio (ellos fueron mis primeros clásicos). Sí, pasé hambre de libros, aunque los que afanaba a escondidas tenían sabor a golosinas. Y es que, en mi ambiente, casi era pecado leer cosas que no llevasen por título Matemáticas, Geografía...
Nací en Xeve (Pontevedra). Mi infancia se desenvolvió entre Xeve y Lérez (donde vivo actualmente) en un ambiente rural que paulatinamente se va haciendo semiurbano, urbano... Ya casi no hablamos entre el vecindario, por las mañanas se entremezclan los trinos de los pájaros con las bocinas y ronquidos de algunos coches... El saco de mi niñez está lleno de vivencias, para mí, entrañables. Cuando aprendí a utilizar la palabra, pedí una hermana. Les había insistido mucho a mis padres para que fuesen al mercado a comprármela antes de que se agotasen las mejores. Tardaron casi ocho años en hacerme caso, pero al fin me la trajeron y fui la niña más feliz del mundo. El día en que nació había fiesta en Lérez, pasaba mucha gente por delante de mi puerta; me senté en el banco de piedra que todavía sigue pegado a la fachada de la casa de mis padres, mi casa, y les daba la buena nueva a todo el que pasaba: ¡Tengo una hermana! Algunos, y algunas, me miraban raro, pero yo seguía feliz extendiendo la importante noticia. Recuerdo las alegres meriendas en los campos de siembra. A media tarde, ese era el momento en el que puntuales aparecíamos formando parte de la rueda de jornaleros y es que el pan, el queso, el membrillo, los bacalaos rebozados... sabían allí de otra manera. Bueno, también vienen a mi memoria los disgustos por no poderme quedar con un gato que había encontrado en un camino... Otro de mis grandes deseos fue tener unas botas de goma para poder meterme en las charcas. Odiaba los zuecos, hacían tanto ruido que tenía la sensación de llevar un transmisor que avisaba a menudo de mi situación. Siéntate, Finita decía la maestra, sin necesidad de levantar la cabeza. Los sabañones en las manos refregando un paño enjabonado en el lavadero no era cosa divertida, pero las conversaciones políticamente incorrectas de las lavanderas de oficio sí que merecían la pena. Estiraban en el aire ciertas piezas de ropa y decían no sé si por venganza o para despistar a los sabañones. ¿Veis? Estas son las bragas de mi señorita. Y todo el mundo se reía. A veces se me caía el jabón al pilón, que llamábamos río, río de lavar. Subía la manga hasta el hombro y metía la mano en aquellos lodos. En ocasiones en lugar de encontrar mi taquito de jabón, conseguía uno más grande. Eso me ponía contenta, como si descubriese un tesoro. De la escuela, lo más hermoso que recuerdo es aquella caja de botellitas con tintas de colores. Eran de las inyecciones. Las lavábamos, comprábamos una especie de polvos mágicos que se mezclaban con agua, dentro ya de las botellas ¡y listo!, obteníamos maravillosas tintas de muchísimos colores. Las poníamos, además, de pie en una cajita plana con la tapa llena de agujeros. La forrábamos con papel bonito como de regalo. Cada botella llevaba un babero de diseño propio. Con aquellos lujos, todas (sólo niñas) estábamos deseando ir para la escuela de arriba, que era donde nos volvíamos alquimistas de los colores. Cuando acabé el bachillerato, mis padres, económicamente humildes, me dejaron decidir sobre mi futuro: ¿quieres coser o hacer magisterio? Me decidí por esto último y aquí sigo (ahora en un I.E.S.). El día que llegué a mi primera escuela (con diecinueve años) lloré, y el día que me tuve que despedir de ella, lloré todavía más. Me gustaría saber mucho más de lo que sé; pero, a veces, disfruto acostada en la hierba mirando al cielo. Me gustaría haber hecho cosas que no he podido, viajar más... Desearía seguir siempre unida a los míos por una cola elástica... La primera vez que salí de mi tierra tuve la sensación de que el mundo se iba encogiendo a mi paso, y hoy no entiendo como siendo tan pequeño podemos estar tan alejados unos de los otros. En mi infancia, una de nuestras obligaciones era acarrear agua a cubos desde la fuente de Tres caños que alimentaba el lavadero, en el fondo del barrio. Cuando dejaba esta labor para el anochecer, veía viejas malvadas en las zarzas del camino que llevaba a la fuente del Gramal. He oído (y todavía los oigo) como corrían los duendes por el tejado de mi casa... Me disgusté cuando el gato del vecino fue atropellado. Pensaba que tenía que escoger entre casarme o hacerme monja, y decidí que tendría que hacerme monja, aunque tampoco me hacía mucha gracia; hoy estoy casada y tengo un hijo y una hija que, por su edad, casi son amigos. Me encanta recitar poemas, aunque no los haya escrito yo, me gusta leer y descubrí que escribir me permite tener y hacer bastantes cosas ¡incluso tocar el piano aunque no sepa! También me gustan las niñas y los niños (vivos, no fritos), comer, bailar, hablar con los amigos, reír... Amar y sentirme querida sigue siendo muy importante para mí, aunque me ocupe tiempo. A veces, me apetece mezclar mis propias vivencias con los sueños, con la imaginación, con la fantasía... y crear historias en mi mente, que sólo después de darles muchas vueltas paso al papel. También he saboreado la investigación aprendiendo cosas sobre la cultura de mi tierra, de mis gentes, que después procuré compartir. Así nacieron varios libros relacionados con la gastronomía escritos siempre en colaboración con Mariano García (mi compañero de siempre); o trabajos sobre los hórreos, la climatología y astrología popular, los juegos, la medicina popular... con los que, y gracias a la colaboración de mis alumnos y alumnas, alcanzamos algunos premios. Otra de mis aficiones es el teatro, poder meterme en la piel de diferentes personajes... Para la escuela he escrito, dirigido y también representado alguna pieza. Eso me hace disfrutar extraordinariamente. Estoy intentando aprender desde hace más de dos años, y gracias a dos diarios gallegos, a hacer artículos periodísticos todos los sábados... Y, de vez en cuando, en algún otro medio. Como se puede observar necesitaría de ese barniz con el que sólo una abuela sabe pintar las insignificancias para darle colores de importancia a mi biografía. Y si es cierta la afirmación de que nos marcan nuestras circunstancias, que estamos hechos de lo que recordamos, intuyo que esas cosas tan pequeñas influyen en mi forma de escribir. |
||||